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Biografía del personaje Pedro Tercero.
Un niño se agachó y se puso a cagar y un perro sarnoso se acercó a olisquearlo. Esteban, asqueado, dio orden de guardar al niño, lavar el patio y matar al perro.
Un día el viejo Pedro García les contó a Blanca y a Pedro Tercero el cuento de las gallinas que se pusieron de acuerdo para enfrentar a un zorro que se metía todas las noches en el gallinero para robar los huevos y devorarse los pollitos. Las gallinas decidieron que ya estaban hartas de aguantar la prepotencia del zorro, lo esperaron organizadas y cuando entró al gallinero, le cerraron el paso, lo rodearon y se le fueron encima a picotazos hasta que lo dejaron más muerto que vivo. -Y entonces se vio que el zorro escapaba con la cola entre las piernas, perseguido por las gallinas -terminó el viejo. Blanca se rió con la historia y dijo que eso era imposible, porque las gallinas nacen estúpidas y débiles y los zorros nacen astutos y fuertes, pero Pedro Tercero no se rió. Se quedó toda la tarde pensativo, rumiando el cuento del zorro y las gallinas, y tal vez ése fue el instante en que el niño comenzó a hacerse hombre.
¡Pero no me vengan con las mismas estupideces de Pedro Tercero García, porque no lo voy a aguantar! Era verdad, Pedro Tercero García estaba hablando de justicia en Las Tres Marías. Era el único que se atrevía a desaar al patrón, a pesar de las zurras que le había dado su padre, Pedro Segundo García, cada vez que lo sorprendía. Desde muy joven el muchacho hacía viajes sin permiso al pueblo para conseguir libros prestados, leer los periódicos y conversar con el maestro de la escuela, un comunista ardiente a quien años más tarde lo matarían de un balazo entre los ojos. También se escapaba en las noches al bar de San Lucas donde se reunía con unos sindicalistas que tenían la manía de componer el mundo entre sorbo y sorbo de cerveza, o con el gigantesco y magníco padre José Dulce María, un sacerdote español con la cabeza llena de ideas revolucionarias que le valieron ser relegado por la Compañía de Jesús a aquel perdido rincón del mundo, pero ni por eso renunció a transformar las parábolas bíblicas en panetos socialistas. El día que Esteban Trueba descubrió que el hijo de su administrador estaba introduciendo literatura subversiva entre sus inquilinos, lo llamó a su despacho y delante de su padre le dio una tunda de azotes con su fusta de cuero de culebra. -¡Éste es el primer aviso, mocoso de mierda! -le dijo sin levantar la voz y mirándolo con ojos de fuego-. La próxima vez que te encuentre molestándome a la gente, te meto preso. En mi propiedad no quiero revoltosos, porque aquí mando yo y tengo derecho a rodearme de la gente que me gusta. Tú no me gustas, así es que ya sabes. Te aguanto por tu padre, que me ha servido lealmente durante muchos años, pero anda con cuidado, porque puedes acabar muy mal. ¡Retírate! Pedro Tercero García era parecido a su padre, moreno, de facciones duras, esculpidas en piedra, con grandes ojos tristes, pelo negro y tieso cortado como un cepillo. Tenía sólo dos amores, su padre y la hija del patrón, a quien amó desde el día en que durmieron desnudos debajo de la mesa del comedor, en su tierna infancia. Y Blanca no se libró de la misma fatalidad. Cada vez que iba de vacaciones al campo y llegaba a Las Tres Marías en medio de la polvareda provocada por los coches cargados con el tumultuoso equipaje, sentía el corazón batiéndole como un tambor africano de impaciencia y de ansiedad. Ella era la primera en saltar del vehículo y echar a correr hacia la casa, y siempre encontraba a Pedro Tercero García en el mismo sitio donde se vieron por primera vez, de pie en el umbral, medio oculto por la sombra de la puerta, tímido y hosco, con sus pantalones raídos, descalzo, sus ojos de viejo escrutando el camino para verla llegar. Los dos corrían, se abrazaban, se besaban, se reían, se daban trompadas cariñosas y rodaban por el suelo tirándose de los pelos y gritando de alegría.
Pedro Tercero seguía siendo delgado, con cabello tieso y los ojos tristes, pero al cambiar la voz adquirió una tonalidad ronca y apasionada con la que sería conocido más tarde, cuando cantara a la revolución. Hablaba poco y era hosco y torpe en el trato, pero tierno y delicado con las manos, tenía largos dedos de artista con los que tallaba, arrancaba lamentos a las cuerdas de la guitarra y dibujaba con la misma facilidad con que sujetaba las riendas de un caballo, blandía el hacha para cortar la leña o guiaba el arado. Era el único en Las Tres Marías que hacía frente al patrón. Su padre, Pedro Segundo, le dijo mil veces que no mirara al patrón a los ojos, que no le contestara, que no se metiera con él y en su deseo de protegerlo llegó a darle rotundas palizas para agacharle el moño. Pero el hijo era rebelde. A los diez años ya sabía tanto como la maestra de la escuela de Las Tres Marías y a los doce insistía en hacer el viaje al liceo del pueblo, a caballo o a pie, saliendo de su casita de ladrillos a las cinco de la mañana, lloviera o tronara. Leyó y releyó mil veces los libros mágicos de los baúles encantados del tío Marcos, y siguió alimentándose con otros que le prestaban los sindicalistas del bar y el padre José Dulce María, quien también le enseñó a cultivar su habilidad natural para versicar y a traducir en canciones sus ideas. -Hijo mío, la Santa Madre Iglesia está a la derecha, pero Jesucristo siempre estuvo la izquierda -le decía enigmáticamente, entre sorbo y sorbo de vino de misa con que celebraba las visitas de Pedro Tercero. Así fue como un día Esteban Trueba, que estaba descansando en la terraza después del almuerzo, lo escuchó cantar algo de unas gallinas organizadas que se unían para enfrentar al zorro y lo vencían. Lo llamó. -Quiero oírte. ¡Canta, a ver! -le ordenó. Pedro Tercero cogió la guitarra con gesto amoroso, acomodó la pierna en una silla y rasgueó las cuerdas. Se quedó mirando jamente al patrón mientras su voz de terciopelo se elevaba apasionada en el sopor de la siesta. Esteban Trueba no era tonto y comprendió el desafío. -¡Ajá! Veo que la cosa más estúpida se puede decir cantando -gruñó-. ¡Aprende mejor a cantar canciones de amor! A mí me gusta, patrón. La unión hace la fuerza, como dice el padre José Dulce María. Si las gallinas pueden hacerle frente al zorro, ¿qué queda para los humanos? Y tomó su guitarra y salió arrastrando los pies sin que el otro discurriera qué decirle, a pesar de que ya tenía la rabia a or de labios y empezaba a subirle la tensión. Desde ese día, Esteban Trueba lo tuvo en la mira, lo observaba, desconaba. Trató de impedir que fuera al liceo inventándole tareas de hombre grande, pero el muchacho se levantaba más temprano y se acostaba más tarde, para cumplirlas. Fue ese año que Esteban lo azotó con la fusta delante de su padre porque llevó a los inquilinos las novedades que andaban circulando entre los sindicalistas del pueblo, ideas de domingo de asueto, de sueldo mínimo, de jubilación y servicio médico, de permiso maternal para las mujeres preñadas, de votar sin presiones, y, lo más grave, la idea de una organización campesina que pudiera enfrentarse a los patrones.
Pedro Tercero García estaba acostado en el suelo, con la cabeza sobre una manta doblada, durmiendo. A su lado había un pequeño fuego de brasas sobre unas piedras y un tarro para hervir agua. Me detuve sobresaltado y pude observarlo a mi antojo, con todo el odio del mundo, tratando de jar para siempre en mi memoria ese rostro moreno, de facciones casi infantiles, donde la barba parecía un disfraz, sin comprende qué diablos había visto mi hija en ese peludo ordinario. Tendría unos veinticinco años, pero al verlo dormido me pareció un muchacho. Tuve que hacer un gran esfuerzo para controlar el temblor de mis manos y mis dientes. Levanté la escopeta y me adelanté un par de pasos. Estaba tan cerca, que podía volarle la cabeza sin apuntar, pero decidí esperar unos segundos para que se me tranquilizara el pulso. Ese momento de vacilación me perdió. Creo que el hábito de esconderse había anado el oído a Pedro Tercero García y el instinto le advirtió el peligro. En una fracción de segundo debe haber vuelto a la conciencia, pero se quedó con los ojos cerrados, alertó todos los músculos, tensó los tendones y puso toda su energía en un salto formidable que de un solo impulso lo dejó parado a un metro del sitio donde se estrelló mi bala. No alcancé a apuntar de nuevo, porque se agachó, recogió un trozo dé madera y lo lanzó, dando de lleno en la escopeta, que voló lejos. Recuerdo que sentí una oleada de pánico al verme desarmado, pero inmediatamente me di cuenta que él estaba más asustado que yo. Nos observamos en silencio, jadeando, cada uno esperaba el primer movimiento del otro para saltar. Y entonces vi el hacha. Estaba tan cerca, que podía alcanzarla estirando apenas el brazo y eso es lo que hice sin pensarlo dos veces. Tomé el hacha y con un grito salvaje que me salió del fondo de las entrañas, me lancé contra él, dispuesto a partirlo de arriba abajo con un solo golpe. El hacha brilló en el aire y cayó sobre Pedro Tercero García. Un chorro de sangre me saltó a la cara. En el último instante levantó los brazos para detener el hachazo y el lo de la herramienta le rebanó limpiamente tres dedos de la mano derecha. Con el esfuerzo yo me fui hacia adelante y caí de rodillas. Se sujetó la mano contra el pecho y salió corriendo, brincó sobre las pilas de madera y los troncos tirados en el suelo, alcanzó su caballo, montó de un salto y se perdió con un grito terrible entre las sombras de los pinos. Dejó atrás un reguero de sangre.
Después de la elección, a todo el mundo le cambió la vida y los que pensaron que podían seguir como siempre, muy pronto se dieron cuenta que eso era una ilusión. Para Pedro Tercero García el cambio fue brutal. Había vivido sorteando las trampas de la rutina, libre y pobre como un trovador errante, sin haber usado nunca zapatos de cuero, corbata ni reloj, permitiéndose el lujo de la ternura, el candor, el despilfarro y la siesta, porque no tenía que rendir cuentas a nadie. Cada vez le costaba más trabajo encontrar la inquietud y el dolor necesarios para componer una nueva canción, porque con los años había llegado a tener una gran paz interior y la rebeldía que lo movilizaba en la juventud se había transformado en la mansedumbre del hombre satisfecho consigo mismo. Era austero como un franciscano. No tenía ninguna ambición de dinero o de poder. El único manchón en su tranquilidad era Blanca. Le había dejado de interesar el amor sin futuro de las adolescentes y había adquirido la certeza de que Blanca era la única mujer para él. Contó los años que la había amado en la clandestinidad y no pudo recordar ni un momento de su vida en que ella no estuviera presente. Después de la elección presidencial, vio el equilibrio de su existencia destrozado por la urgencia de colaborar con el gobierno. No pudo negarse, porque, como le explicaron, los partidos de izquierda no tenían sucientes hombres capacitados para todas las funciones que había que desempeñar. -Yo soy un campesino. No tengo ninguna preparación -trató de excusarse. -No importa, compañero. Usted, por lo menos, es popular. Aunque meta la pata, la gente se lo va a perdonar -le explicaron. Así fue como se encontró sentado detrás de un escritorio por primera vez en su vida, con una secretaria para su uso personal y a sus espaldas un grandioso retrato de los Próceres de la Patria en alguna honrosa batalla. Pedro Tercero García miraba por la ventana con barrotes de su lujosa ocina y sólo podía ver un minúsculo cuadrilátero de cielo gris. No era un cargo decorativo. Trabajaba desde las siete de la mañana hasta la noche y al nal estaba tan cansado, que no se sentía capaz de arrancar ni un acorde a su guitarra y, mucho menos, de amar a Blanca con la pasión acostumbrada.
Ahora escucha el programa de radio de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (México) dedicado a Víctor Jara y luego compara lo que has escuchado con el personaje Pedro Tercero García.
Víctor Jara es un personaje muy importante en la música y la cultura de Chile.
Su vida es una reflexión de su país, en los tiempos en que le tocó vivir, y de su filosofía personal. Los sucesos alrededor de la muerte de Víctor Jara están bien documentados: Arrestado tras el golpe de estado de Pinochet, Jara fue uno de los tantos prisioneros políticos llevado al Estadio Nacional de fútbol, donde muchos fueron torturados, y ejecutados. Aunque sus manos fueron rotas, o como muchos piensan, amputadas, Jara siguió con sus canciones de apoyo al derrocado Partido de la Unidad Popular. Tras recibir estos duros golpes, Jara sólo dejó de cantar tras ser ametrallado por un oficial militar perdiendo la vida.
Víctor Jara nació el 28 de septiembre de 1932 en Nauquen – Chile, un pequeño pueblo cerca de la capital Santiago.
Hijo de padres campesinos, él era el más joven de los cuatro hermanos; su padre Manuel era un labrador y su madre Amanda tenía muchos trabajos menores entre ellos cantante semiprofesional.
Víctor creció en extrema pobreza, Amanda era muy trabajadora y en palabras del propio Víctor su optimismo daba fuerza a la familia. Ella cantaba y tocaba la guitarra y enseñó al pequeño Víctor a tocar este instrumento además de muchas canciones chilenas. Su madre fue una gran influencia sobre el estilo de Víctor Jara.
Criado en una hacienda bajo un régimen tipo feudal su familia se alimentaba de los costales de harina y ocasionalmente fruta que su padre ganaba por su trabajo en los campos.
La vida familiar se volvió extremadamente difícil cuando su padre comenzó a beber excesivamente para escapar de sus problemas; había muchas peleas y su padre golpeaba a su madre.
Cuando una olla de agua hirviendo le cayó a su hermana, Víctor y su madre se mudaron a Santiago donde se encontraba el único hospital que podía tratar las quemaduras.
En Santiago su madre comenzó a trabajar en un puesto de comida en un mercado. En marzo de 1950, Jara recibió la noticia de que su madre había fallecido de un ataque cardíaco mientras trabajaba.
Amanda creía en la educación y durante los próximos tres años Víctor se esforzó por acabar la escuela durmiendo en casas de amigos.
Terminó la escuela primaria y secundaria y empezó los estudios de contabilidad; el dejó la carrera de contabilidad y entró en la Orden Redencionista en San Bernardo, un pequeño poblado al sur de Santiago; él tenía una gran soledad y creyó que la profesión más alta era la de sacerdote pero después de dos años se vió desencantado con la religión y la dejó.
En 1952 salió del seminario y se alistó en la armada chilena durante un año.
El interés de Jara por el teatro y la música pronto se volvió fuerza dominante en su vida.
Jara regresó a Nauquen sin trabajo y empezó a estudiar la música folclórica de Chile junto con un grupo de amigos.
En este tiempo desarrolló interés por el teatro y estudió actuación inscribiéndose en la escuela de teatro de la universidad de Chile. Durante sus estudios mostró una gran inclinación por la dirección y tras su graduación continuó sus estudios en dirección teatral.
En la universidad conoció a quien sería su esposa Joan Turner, una profesora inglesa.
Un punto de transición en la vida de Jara fue cuando conoció a Violeta Parra una artista y cantante de folk dueña de un pequeño café en Santiago. Ella era estudiante de música e instrumentos tradicionales de Chile. Convirtiéndose en protegido de Parra, Jara comenzó a cantar más y más en el café. En 1966 lanzó su primer álbum.
Durante los próximos años continuó como director teatral, pero pasaba más tiempo en sus canciones y actividades políticas, hasta 1970, cuando dejo la vida de teatro para pasar todo su tiempo en estas actividades.
Desde un principio Jara utilizó sus habilidades en composición para dar voz a las clases trabajadoras de Chile.
Siendo un gran simpatizante del Partido Comunista, Jara celebró enormemente cuando el Dr. Salvador Allende del partido Unidad Popular se convirtió en el primer Presidente comunista electo en un país latinoamericano.
Bajo el mando de Allende la Unidad Popular pretendió reforzar el apoyo a la educación, aumentar los salarios mínimos y proveer atención médica gratuita; sin embargo los sueños de Jara se desmoronaron el 11 de septiembre de 1973 cuando un golpe de estado militar encabezado por el Almirante Toribio Medino y el General Augusto Pinochet con apoyo de los Estados Unidos a través de la CIA derrocaron a Salvador Allende e iniciaron una revolución.
Miles de líderes y simpatizantes de Unión Popular fueron encarcelados y cientos fueron ejecutados.
Jara trabajaba en la Universidad técnica del estado cuando ésta fue rodeada por militares.
Arrestado pasó 5 días en una fría y sucia celda sin agua ni comida antes de ser llevado al Estadio Nacional de Chile, donde poco antes había dado un emotivo concierto en apoyo a Allende.
Allí los militares rompieron las manos de Jara, aunque muchos dicen que se las cortaron, pero en su libro, Joan Jara dice que cuando encontró el cuerpo sus muñecas estaban rotas para que no pudiera tocar la guitarra.
Aún con esto y otras torturas, Víctor Jara pudo cantar maravillosamente una canción de Unidad Popular.
Después de esto el recibió más golpes y finalmente fue asesinado con una ametralladora.
Aunque en un principio fue enterrado en una fosa común, más tarde se le permitió a su esposa brindarle un funeral y entierro apropiados.
Poco después ella huyó secretamente de Chile llevando con ella muchas cintas de las canciones de Jara.
Las canciones de Víctor Jara están llenas de un conocimiento de la gente sencilla de Chile, el tiene un amor verdadero por los trabajadores del campo y muchas de sus canciones celebran la vida de esta gente.
Debido al amor por su país, muchas de sus letras atacan las injusticias o escándalos en la sociedad.
Víctor Jara es parte del gran movimiento musical conocido como la Nueva Canción. Este movimiento es responsable de muchas revoluciones en Latinoamérica y los artistas de esta Nueva Canción tienen muchos pensamientos en común; por ejemplo sus ideas políticas son una parte muy importante en sus canciones.
Víctor Jara creyó en las filosofías comunistas como muchos de los cantantes progresistas en Latinoamérica por sus promesas de mejorar la vida de la gente pobre.
Aún hoy las canciones políticas y humanas de Víctor Jara son respetadas en muchas partes del mundo, y la idea de la nueva canción y de la música política tiene mucha fuerza en todo el mundo.
No puede haber una revolución sin canciones. Este lema que ondeaba sobre Salvador Allende tras su victoria en las elecciones de Chile expresaba la influencia de la Nueva Canción en la vida política de un país. En este caso las canciones sirven en la campaña política para la elección de un hombre que expresa sus ideales políticos.
La Nueva Canción es la expresión de los sentimientos que algunos cantantes tienen sobre su país.
Esta tendencia tuvo una gran influencia en la música de Chile y otros países de Latinoamérica.
Por ejemplo; para Víctor Jara la música folklórica que aprendió de su madre tuvo gran influencia sobre su obra.
El estilo del pensamiento de la nueva canción esta expresado en un rechazo de las cosas materialistas y un interés por los sentimientos y pensamientos de la gente del pueblo, pero la nueva canción no es solamente una expresión personal, también es como un arma que los canciones usan para cambiar las cosas.
Finalmente el poder de la nueva canción está en su potencia para ayudar y empezar una revolución desde adentro.
Todos los artistas de la Nueva Canción tienen un respeto grande por la gente sencilla y la cultura de su país. El artista trabaja para mejorar las condiciones de su país y especialmente de los pobres. Esta gente muchas veces no tiene un líder para expresar sus necesidades y los artistas de la Nueva Canción les dan una voz ante el gobierno.
Desde mediados del siglo XX los Estados Unidos aumentaron su influencia en los países de centro y Sur América buscando manipularlos para su propio beneficio.
Los cantantes de la nueva canción tomaron esta manipulación como base para sus composiciones y actividades políticas. El rechazo al imperialismo yanqui continuó como una parte importante del uso de la Nueva Canción.
La Nueva Canción surgió en Argentina bajo el régimen de Juan Domingo Perón, su principal inspiración era el descubrimiento y la enseñanza de la música tradicional argentina. Cuando la Nueva Canción llegó a Chile empezó a tocar temas de política nacional, Violeta Parra fue la persona más responsable del desarrollo de la nueva canción en Chile; ella era una estudiante de todas las formas de música tradicional.
Parra conoció a Víctor Jara y pasaba mucho tiempo con él; la combinación de experiencias de Jara y el conocimiento de Violeta Parra se juntaron en su música.
El tiempo más afectivo para la nueva canción ocurre en Chile con la elección del líder reformista Salvador Allende y su partido la Unidad Popular.
Aún tras el golpe militar y la muerte de Jara, la música de la Nueva Canción creció en Chile y los discos de Víctor Jara y otros músicos fueron confiscados; pero ahora las ideas de la Nueva Canción vuelven a Chile, en 1991 hubo una gran celebración por el termino de la opresiva dictadura de Pinochet, esta celebración fue llamada canto libre en honra de una canción de Víctor Jara. Además de Chile, la Nueva Canción ha tenido mucha importancia en otros países; por ejemplo en Cuba el movimiento de la Nueva Canción se conoce como Nueva Trova. Este movimiento conlleva los ideales de la revolución de Fidel Castro.
Los trovadores de Cuba compusieron canciones en favor de este nuevo gobierno y éstas ayudaron a la gente durante los malos tiempos, tras la revolución.
Pablo Milanés y Silvio Rodríguez son dos famosos representantes de esta nueva trova en Nicaragua y El Salvador, las canciones fueron escritas para los revolucionarios.
En todas las formas de la Nueva Canción siempre se refleja un amor por la gente y la cultura tradicional de ese país y se expresa por medio de la oposición contra las injusticias y un apoyo para los políticos que pueden terminar con todo eso.
La vida y obra de Víctor Jara muestran claramente todas las características de la Nueva Canción. Son testigos de la fuerza y grandeza de su vida. Aunque el corazón de Jara fue silenciado por la fuerza su música sigue viva.
Desde su muerte el 16 de septiembre de 1973 su legado musical ha sido celebrado por músicos tan diversos como Arlo Guthrie, Pete Seeger y los Fabulosos Cadillacs.
Universidad Autónoma del Estado de Morelos (México)
http://www.ufm.uaem.mx/especiales/2001/jara/index.html
Victor Jara of Chile
Victor Jara was a peasant
Now when the neighbors had a wedding
He grew up to be a fighter
He campaigned for Allende
Then the generals seized Chile
Victor stood in the stadium
They broke the bones in both his hands
Now the Generals they rule Chileand the British have their thanks
Víctor Jara de Chile/ vivió como una estrella fugaz./ Luchó por el pueblo de Chile/ con sus canciones y su guitarra./ Sus manos eran suaves, sus manos eran fuertes.// Víctor Jara fue un campesino,/ trabajó desde pequeño,/ se sentó sobre el arado de su padre/ y vio revelarse la tierra./ Sus manos eran suaves, sus manos eran fuertes.// Cuando los vecinos celebraron una boda/ o uno de sus hijos murió,/ su madre pasó toda la noche cantando para ellos/ con Víctor a su lado./ Sus manos eran...// Creció para ser un luchador/ contra los males del pueblo,/ escuchó sus penas y alegrías/ y las convirtió en canciones. Sus manos eran...// Cantó sobre los mineros del cobre/ y sobre aquellos que trabajaban la tierra;/ cantó sobre los obreros industriales/ y ellos supieron que él era su hombre./ Sus manos eran suaves. Sus manos eran fuertes.// Hizo campaña por Allende,/ trabajando día y noche;/ cantó "Coge la mano de tu hermano;/ sabes que el futuro comienza hoy"./ Sus manos eran suaves, sus manos eran fuertes.// Entonces los generales apresaron a Víctor,/ arrestaron a Víctor y después/ le enjaularon en un estadio/ con cinco mil hombres asustados./ Sus manos eran... // Víctor permaneció en el estadio,/ su voz era valiente fuerte/ y cantó por sus compañeros de prisión/ hasta que los guardias cortaron su canción./ Sus manos eran... // Le rompieron los huesos de ambas manos,/ le golpearon la cabeza,/ le rasgaron con descargas eléctricas,/ y después le mataron de un disparo./ Sus manos eran... // Ahora los generales gobiernan Chile/ y los británicos se lo agradecen/ porque gobiernan con halconeros/ y gobiernan con los tanques del cacique./ Sus manos eran suaves,/ sus manos eran fuertes.